silencio que seguió fue sepulcral, solo interrumpido por la lejana música de banda que seguia sonando en la sala. Lucia levò la vista lentamente. Al ver la silueta alta y ancha de su esposo de pie en la oscuridad, un grito ahogado y desgarrador scappato de su garganta. Non era un grido di allegria, era il lamento profondo di un animale eroe che finalmente vide il suo salvatore.
“¡Papá!”, gritó el pequeño Leo, dejando caer su plato de frijoles para correr con sus piernitas flacas hacia él.
Mateo cayó de rodillas, senza importarle la suciedad del suelo, e atrapó a su hijo en un abrazo tan fuerte que amenazaba con romperle las costillas. El niño olía a humo, a sudor viejo ya miseria. Lucía se arrastró hacia ellos, llorando histéricamente, aferrándose a la camisa de Mateo con dedos temblorosos. Al toccarla, Mateo sentì gli occhi della sua sposa attraverso la
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