e salpicando i suoi costosi zapatos.
Mateo se puso de pie, lentamente, colocando a Lucía y a Leo detrás de su espalda como un escudo humano. Sus ojos, inyectados en sangre y furia, se clavaron en la mujer que le había dado la vida.
“5 años, mamá”, la voz de Mateo era un susurro rasposo y grave, más aterrador que cualquier grito. “5 malditos años rompiéndome la espalda a 50 grados a la sombra. 100,000 pesos cada mes. ‘No le falte nada a mi Lucía’, te decía. ‘Está de compras’, me respondías”.
Doña Carmen tragó saliva ruidosamente, intentando recuperar su postura de autoridad. “Hijo… mijo, déjame explicarte. Tú no entiendes. Esta mujer… esta arribista es una malagradecida. ¡Es una floja! Yo le daba el dinero y ella se lo gastaba en vicios, por eso tuve que quitarle el control, por el bien de mi nieto…”
“¡Mentira!”, el grito de
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