Lucía en su aniversario de bodas antes de irse a Medio Oriente. Le habían robado hasta los recuerdos.
La traición quemaba más que el sol del desierto. ¿Hay una puñalada más sucia y vil que convertir el máximo sacrificio de un hombre en el hambre y la humillación de su propio hijo?
Doña Carmen, viendo que su mentira se desmoronaba, infló el pecho, adoptando una actitud desafiante y cínica, revelando su verdadera naturaleza.
“¡Pues sí! ¿Y qué vas a hacer, eh?”, escupió la madre, alzando la voz para que se escuchara por encima de la música. “¡Tú me mandaste el dinero a mí! ¡A MI cuenta bancaria! Yo construí esta mansión con mi sudor administrando a los albañiles. ¡La casa está a mi nombre en el registro público de la propiedad! Esta es mi casa, y en mi casa se hacen mis reglas. Si no te gusta, agarra a tu
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